EL QUINTO EVANGELIO

Según juangutiérrezgarcía

Capitulo 5º

          Apenas si había amanecido el primer día de la semana y pastoreaba yo mi rebaño cerca del huerto de José el de Arimatea. A poco más de un estadio, se divisaba aún la silueta de los crucificados junto al Galileo.

Las primeras luces del alba, escasamente iluminaban el camino cuando María de Magdala se dirigía al Sepulcro a ungir a su Maestro, como era costumbre, cuando vio que la losa de la tumba había sido desplazada y los soldados que la custodiaban yacían dormidos en el suelo.

Sin atreverse a entrar, la Magdalena vio que el cuerpo del Nazareno no estaba sobre la piedra del altar.

Asustada, corrió hasta Jerusalén al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús tanto amaba y les dijo: «se han llevado a nuestro Señor del Sepulcro y no se donde lo han puesto».

Mi inquietud me llevó a acercarme más al monte de la Calavera para ver qué estaba pasando. Simón Pedro y Juan caminaban muy de prisa hasta la tumba y vieron que esta estaba vacía. Sobre el altar se encontraban las vendas y sábana que envolvieran el cuerpo de Cristo. Preocupados, Pedro (maldiciendo) y el joven Juan regresaron a casa y contaron al resto de discípulos lo que había ocurrido, aunque seguían se creer que Jesús regresaría de entre los muertos.

María Magdalena quedó allí, junto al Sepulcro. Arrodillada y sentada sobre sus pies lloraba la desaparición de su maestro. Jesús Resucitado la vio llorando desconsolada  junto a su tumba y le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». María Magdalena, pensando que era el cuidador de la huerta de José, mientras giraba la cabeza le respondió: «Señor, si tú te has llevado a mi Maestro, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo».

Jesús se agacha y la coge del brazo para ayudar a levantarse cuando le dice: «¡María!», «¡María!» levántate. Entonces María Magdalena reconoció a Jesús y arrodillada a sus pies besaba sus manos mientras le decía: «¡Maestro!», «¡Maestro!».

Jesús la abrazó contra su vientre mientras le decía: «María, levántate. Ve y dile a los otros discípulos lo que has visto y que vayan para Galilea que allí les veré».

La fiel discípula contempla entre lágrimas y alegría como se aleja su maestro. Al pasar cerca de mí, la emoción solo me dejó decirle: «Rabbí, Rabbí». Un gesto de Jesús con su mano fue suficiente para colmar mi alma de fe.

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